En la etapa 3‑5 años el TDAH se considera un trastorno del neurodesarrollo de inicio temprano, que requiere una valoración muy cuidadosa y, en la mayoría de los casos, un abordaje centrado en la familia y el entorno antes de plantear medicación.

Particularidades del TDAH en 3‑5 años

En preescolar es frecuente observar hiperactividad, impulsividad y dificultades atencionales, pero solo se considera TDAH cuando la intensidad y la persistencia son claramente mayores que en otros niños de la misma edad y contexto, y provocan deterioro funcional relevante (accidentes, conflictos, dificultades para la participación en actividades, etc.). Estudios longitudinales muestran que muchos niños de 3 años con síntomas marcados siguen cumpliendo criterios de TDAH años después, lo que subraya la importancia de la detección e intervención tempranas.

En esta franja de edad destacan más los síntomas de hiperactividad‑impulsividad (no parar quieto, correr y trepar de forma inapropiada, dificultad extrema para esperar turnos, conductas de riesgo) y problemas de autorregulación emocionl (rabietas intensas, baja tolerancia a la frustración), mientras que las dificultades de atención sostenida se observan sobre todo en tareas estructuradas o de juego dirigido. Es fundamental diferenciar el TDAH de la variabilidad normal del desarrollo, de entornos muy poco estructurados o de otros cuadros (trastornos del lenguaje, TEA, ansiedad, problemas del sueño, adversidad psicosocial).

Cómo debe hacerse la evaluación

Las guías recomiendan una evaluación clínica completa, sin basarse nunca en un solo cuestionario o en una única fuente de información. Debe incluir:

Criterios diagnósticos y consideraciones

Las guías clínicas recomiendan aplicar criterios DSM/ICD de forma flexible en menores de 6 años, enfatizando: duración mínima de 6 meses, inicio temprano, presencia en dos o más contextos y deterioro clínicamente significativo. Debe realizarse un examen médico básico, que incluya la valoración de problemas del sueño, auditivos/visuales y de otras condiciones físicas y, a continuación, debe hacerse una valoración global psicopatológica del niño ante la posible presencia de otros síntomas, así como una evaluación psicosocial de la familia por la posible presencia de estresores o adversidades que puedan influir o haber influido en el desarrollo y el comportamiento del niño.

Cómo debe actuarse: intervención principal

Para 3‑5 años, todas las guías coinciden en que la primera línea de tratamiento son las intervenciones conductuales centradas en padres y en el entorno educativo, no la medicación (que suele reservase a casos graves, con presencia de comórbida con problemas de comportamiento o ante un problema estructural de la familia). El pilar básico es la formación en manejo conductual para progenitores (behavioral parent training), que enseña a estructurar rutinas, usar refuerzo positivo sistemático, consecuencias consistentes y estrategias para prevenir y manejar conductas problemáticas.

Los programas de entrenamiento parental y de intervención en la escuela infantil han demostrado mejorar síntomas de inatención e hiperactividad, reducir problemas de conducta y mejorar el funcionamiento social del niño, con efectos que se mantienen a medio plazo. Además, el trabajo con educadores (adaptación de demandas, uso de apoyos visuales, división de tareas, tiempos de movimiento, entornos con menos distractores) es clave para reducir la carga de síntomas en el aula.

Recomendaciones prácticas

Rutinas claras y predecibles